—Sí —dijo Dorothea, con su tono claro, pleno y de asentimiento—. Siéntate. Se sentó en una otomana oscura con los libros marrones a sus espaldas, y con su sencillo vestido de algún material de lana blanca y ligera, sin más adorno que su alianza, parecía estar bajo el voto de ser diferente a todas las demás mujeres; y Will se sentó frente a ella a dos varas de distancia, con la luz iluminando sus rizos brillantes y su perfil delicado pero más bien petulante, de curvas desafiantes en los labios y en la barbilla. Cada uno miró al otro como si hubieran sido dos flores que se hubieran abierto allí mismo. Dorothea olvidó por un momento la misteriosa irritación de su marido contra Will: le supo a agua fresca en sus labios sedientos poder hablar sin miedo a la única persona a la que había encontrado receptiva; pues al mirar hacia atrás a través de la tristeza, exageraba
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