el sol hubiera cruzado sus facciones, terminando en uno de sus raros sonrojos. Por primera vez se le ocurrió a Celia que pudiera haber algo más entre el señor Casaubon y su hermana que el deleite de él en la charla erudita y el deleite de ella en escuchar. Hasta entonces había clasificado la admiración por este conocido «feo» y docto a la par que la admiración por el señor Liret en Lausana, asimismo feo y docto. Dorothea nunca se había cansado de escuchar al viejo señor Liret cuando los pies de Celia estaban tan fríos como era posible, y cuando verdaderamente se había vuelto espantoso ver la piel de su cabeza calva moviéndose de un lado a otro. ¿Por qué entonces no habría de extenderse su entusiasmo al señor Casaubon simplemente del mismo modo que al señor Liret? Y parecía probable que todos los hombres doctos tuvieran una especie de visión de maestrescuela respecto a los jóvenes.
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V. Las enfermedades de los estudiantes
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