aspecto de hogar apacible que en ese momento; los grandes lirios blancos estaban en flor, las capuchinas, con sus bonitas hojas plateadas de rocío, se desbordaban por el bajo muro de piedra; hasta los ruidos a su alrededor respiraban una íntima paz. Pero todo se arruinaba para su dueño mientras caminaba por la grava de la fachada y aguardaba la bajada del señor Raffles, con quien estaba condenado a desayunar.
No tardaron en hallarse sentados juntos en el saloncito revestido de madera, tomando té con tostadas, que era todo cuanto a Raffles le apetecía a esa temprana hora. La diferencia entre su yo matutino y su yo vespertino no era tan grande como su compañero había imaginado que pudiera ser; el deleite en atormentar era tal vez incluso mayor debido a que su ánimo estaba un punto menos encendido. Ciertamente, sus modales parecían más desagradables a la luz de la mañana.
—Como dispongo de muy poco tiempo, señor Raffles —dijo el banquero, que apenas podía hacer otra cosa que sorber su té y trocear la tostada sin