No era por el principio de su discurso por lo que el señor Brooke se sentía en absoluto preocupado; de eso estaba bien seguro, saldría a pedir de boca, cortado con tanta pulcritud como un pareado de Pope. Lanzarse a navegar sería fácil, pero la visión de mar abierto que pudiera venir después era alarmante.
«Y preguntas ahora —insinuó el demonio que empezaba a despertarse en su estómago—, alguien puede hacer preguntas sobre los anejos.—Ladislaw —continuó en voz alta—, páseme el memorándum de los anejos».
Cuando el señor Brooke se presentó en el balcón, los vítores fueron lo bastante estruendosos como para contrarrestar los gritos, abucheos, rebuznos y otras manifestaciones de ideología contraria, que fueron tan moderadas que el señor Standish (decididamente un viejo zorro) le murmuró al oído que tenía más cerca: «¡Esto pinta mal, carajo! Hawley se