Pero con su éxito con la señorita Vincy se había ganado algunos enemigos, además de los de índole médica. Una tarde entró en el salón bastante tarde, cuando ya había otros visitantes. La mesa de juego había apartado a los mayores, y el señor Ned Plymdale (uno de los buenos partidos de Middlemarch, aunque no de sus mentes más brillantes) estaba mano a mano con Rosamond. Él había traído el último Keepsake, la suntuosa publicación encuadernada en muaré que marcaba el progreso moderno de aquella época; y se consideraba muy afortunado de poder ser el primero en hojearlo con ella, recreándose en las damas y caballeros de relucientes mejillas y sonrisas de grabado en cobre, y señalando los versos cómicos como magníficos y los relatos sentimentales como interesantes. Rosamond era amable, y el señor Ned estaba convencido de que tenía lo mejor en materia de arte y literatura como medio para «cortesøjar» —justo lo indicado para agradar a una muchacha encantadora. También tenía razones, más profundas que aparentes, para estar satisfecho con su propio
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