Los ojos de una madre no siempre se engañan en su favoritismo: al menos ella es quien mejor puede juzgar quién es el hijo tierno y de corazón filial. Y Fred ciertamente quería mucho a su madre. Tal vez fuera su cariño por otra persona también lo que le hacía estar particularmente ansioso por tomar alguna medida de seguridad contra su propia propensión a gastar las cien libras. Pues el acreedor a quien debía ciento sesenta poseía una garantía más firme en forma de un pagaré firmado por el padre de Mary.
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