—¡Dios mío, mire qué distintos son los hombres! Pero usted tenía un mal método de enseñanza, ya sabe; si no, esto es justo lo que conviene a las muchachas: dibujo, bellas artes y todo eso. Pero usted se dedicó a hacer planos; usted no entiende de morbidezza ni de cosas por el estilo. Ya vendrá a mi casa, espero, y le enseñaré lo que hice en este género —continuó, volviéndose hacia el joven Ladislaw, que tuvo que ser sacado de su abstracción al observar a Dorothea. Ladislaw había decidido que ella debía de ser una muchacha desagradable, puesto que iba a casarse con Casaubon, y lo que ella dijo sobre su estupidez respecto a los cuadros habría confirmado esa opinión aun si le hubiera creído. Tal como estaban las cosas, tomó las palabras de ella como un juicio encubierto, y estaba seguro de que ella encontraba su boceto detestable. Había demasiada agudeza en su disculpa: se estaba riendo tanto de su tío como de él mismo. ¡Pero qué voz! Era como la voz de un alma que hubiera vivido alguna vez en un arpa eólica. Tenía que ser una de las incongruencias de la naturaleza. No podía haber clase alguna de pasión en una muchacha que se casaría con Casaubon. Pero se apartó de ella e inclinó la cabeza en agradecimiento por la invitación del señor Brooke.
—Examinaremos juntos mis grabados italianos —prosiguió aquel hombre bondadoso—. Tengo una infinidad de esas cosas, guardadas desde hace años. Uno se oxida en esta parte del país, ya sabe. Usted no, Casaubon; usted no abandona sus estudios; pero mis mejores ideas se van al fondo... caen en desuso, ya sabe. Los jóvenes listos como ustedes deben cuidarse de la indolencia. Yo fui demasiado indolente, ya sabe: de otro modo, en su día habría llegado a cualquier parte.
—Esa es una amonestación oportuna —dijo el señor Casaubon—; pero ahora pasaremos a la casa, no sea que las jóvenes se cansen de estar de pie.
Cuando les dieron la espalda, el joven Ladislaw se sentó para continuar con su boceto y, al hacerlo, su rostro adoptó una expresión de diversión que fue en aumento a medida que dibujaba, hasta que por fin echó la cabeza hacia atrás y se rio a carcajadas.