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nydus/MiddlemarchPublic
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XXII

—Ahora, señor, si puede hacerme el favor de nuevo; pondré en libertad a la señora esposa.

De modo que la paciencia del señor Casaubon dio aún más de sí, y cuando al fin resultó que la cabeza de santo Tomás de Aquino sería más perfecta de poder celebrarse otra sesión, se concedió para el día siguiente.

Al día siguiente, Santa Clara también fue retocada más de una vez. El resultado de todo ello estuvo tan lejos de disgustar al señor Casaubon, que concertó la compra del cuadro en el que santo Tomás de Aquino se sentaba entre los doctores de la Iglesia en una disputa demasiado abstracta para ser representada, pero escuchada con mayor o menor atención por un auditorio situado arriba.

En cuanto a la Santa Clara, de la que se había hablado en segundo lugar, Naumann declaró insatisfecho con ella —no podía, en conciencia, comprometerse a hacer un cuadro digno de ella—, de modo que respecto a la Santa Clara el acuerdo quedó en suspenso.

No me detendré en las bromas de Naumann a costa del señor Casaubon esa noche, ni en sus ditirambos sobre el encanto de Dorothea, en los que Will participó, pero con matices. Apenas Naumann mencionaba algún detalle de la hermosura de Dorothea, Will se exasperaba ante su atrevimiento: había vulgaridad en su elección de las palabras más comunes, ¿y qué derecho tenía él a hablar de sus labios? Ella no era una mujer de la que se pudiera hablar como de las demás. Will no podía decir exactamente lo que pensaba, pero se ponía irritable. Y sin embargo, cuando tras cierta resistencia había accedido a llevar a los Casaubon al estudio de su amigo, se había visto seducido por la

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