aquella presencia lívida y estancada, y en la medida en que estuvo preocupado por una vida futura, lo estuvo por una de gratificación dentro de su ataúd. Así, el viejo Featherstone era imaginativo, a su manera.
Sin embargo, los tres carruajes de duelo iban llenos de acuerdo con las órdenes escritas del difunto. Había soportes de féretro a caballo, con los más ricos chales y cintas para el sombrero, y hasta los portadores auxiliares llevaban arreos de dolor que eran de una buena y bien pagada calidad. El cortejo negro, una vez desmontado, parecía mayor debido a la pequeñez del cementerio; los pesados rostros humanos y los cortinajes negros estremeciéndose con el viento parecían hablar de un mundo extrañamente incongruente con las flores que caían ligeramente y los destellos de sol sobre las margaritas. El clérigo que salió al encuentro de la procesión era el señor Cadwallader, también según los deseos de Peter Featherstone, dictados como de costumbre por razones peculiares. Como sentía desprecio por los curas, a los que siempre llamaba mindundis, estaba decidido a que lo enterrara un eclesiástico con beneficio. El señor Casaubon estaba descartado, no solo porque declinaba deberes de este tipo, sino porque Featherstone le tenía una aversión especial como rector de su propia parroquia, que tenía un gravamen sobre la tierra en forma de diezmo, y también como el emisor de sermones matutinos, los cuales el viejo, estando en su banco y nada adormilado, se había visto obligado a aguantar con un gruñido interior. Le repugnaba la idea de un clérigo plantado por encima de su cabeza predicándole. Pero sus relaciones con el señor Cadwallader habían sido de otra índole: el arroyo de truchas que atravesaba las tierras del señor Casaubon discurría también por las de Featherstone, de modo que el señor