Mamma recibió luego una pequeña lección filial y se mostró dócil como de costumbre. Pero Rosamond pensaba que, si alguno de aquellos primos de alcurnia que eran unos pesados se animaba a visitar Middlemarch, vería en su propia familia muchas cosas que podrían escandalizarles. De ahí que pareciera conveniente que Lydgate consiguiera algún puesto de primera categoría en otra parte que no fuera Middlemarch; y esto difícilmente sería difícil en el caso de un hombre que tenía un tío con título y podía hacer descubrimientos. Lydgate, como habrán notado, le había hablado a Rosamond con fervor sobre sus esperanzas en cuanto a los usos más elevados de su vida, y le había resultado encantador ser escuchado por una criatura que le brindaría el dulce estímulo de un afecto gratificante —belleza— reposo— esa clase de ayuda que nuestros pensamientos obtienen del cielo veraniego y de los prados ribeteados de flores.
Lydgate confiaba mucho en la diferencia psicológica entre lo que, por variar un poco, llamaré gansa y ganso: especialmente en la sumisión innata de la gansa, la cual correspondía maravillosamente a la fuerza del ganso.