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nydus/MiddlemarchPublic
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XL

—¿Puedo ir con usted, Mary? —susurró Letty, una niña de lo más inoportuna, que lo escuchaba todo. Pero se sentía exultante porque el señor Farebrother le había pellizcado la barbilla y besado la mejilla, un incidente que les contó a su madre y a su padre.

Mientras el vicario caminaba hacia Lowick, cualquiera que lo hubiera observado de cerca habría podido verle encogerse de hombros dos veces.

Pienso que los raros ingleses que tienen este gesto nunca son del tipo pesado —por temor a cualquier ejemplo aparatoso en contra, diré que casi nunca—; por lo general poseen un carácter excelente y mucha tolerancia hacia los pequeños errores de los hombres (incluidos los propios).

El vicario mantenía un diálogo interno en el que se decía a menudo que probablemente había algo más entre Fred y Mary Garth que el afecto de antiguos compañeros de juegos, y respondía con la pregunta de si aquella mujercita no sería demasiado selecta para ese verde y joven caballero. La réplica a esto fue el primer encogimiento de hombros.

Luego se rio de sí mismo por la probabilidad de haberse sentido celoso, como si hubiera sido un hombre capaz de casarse, lo cual, añadió, está tan claro como cualquier balance que no soy. A lo que siguió el segundo encogimiento de hombros.

¿Qué podían ver dos hombres, tan distintos entre sí, en aquel «parche castaño», como Mary solía llamarse a sí misma?

No era ciertamente su sencillez lo que los atraía (y que sirva de advertencia a todas las jóvenes sencillas sobre el peligroso estímulo que les da la Sociedad para confiar en su falta de belleza).

Un ser humano en esta envejecida nación nuestra es un todo maravilloso, la creación lenta de largas influencias recíprocas: y el encanto es el resultado de dos todos semejantes, el uno que ama y el otro amado.

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