Hablamos largo tiempo; era sencilla y buena. Ignorando el mal, hacía el bien;
De las riquezas del corazón me dio limosna, Y mientras escuchaba cómo se entrega el corazón, Sin atreverme a pensarlo le di el mío; Se llevó mi vida, y nunca supo nada.
Will Ladislaw estuvo encantadoramente agradable en la cena del día siguiente, y no dio ninguna oportunidad al señor Casaubon de mostrar desaprobación. Por el contrario, a Dorothea le pareció que Will tenía una forma más feliz de atraer a su marido a la conversación y de escucharle con deferencia que la que jamás había observado en nadie antes.
¡Claro que los oyentes de por Tipton no estaban muy dotados!
Will habló bastante él mismo, pero lo que decía lo soltaba con tanta rapidez, y con tan insignificante aire de decir algo de pasada, que parecía un alegre repique tras el gran bronce. Si Will no era siempre perfecto, este era sin duda uno de sus buenos días.
Describió pinceladas de la vida de los pobres en Roma, solo al alcance de quien pudiera moverse con absoluta libertad; se mostró de acuerdo con el señor Casaubon en cuanto a las opiniones infundadas de Middleton sobre las relaciones entre el judaísmo y el catolicismo; y pasó sin dificultad a un cuadro medio entusiasta y medio juguetón del disfrute que obtenía de la absoluta variedad de Roma, la cual volvía la mente flexible mediante la comparación constante y le salvaba a uno de ver las eras del mundo como un conjunto de compartimentos estancos sin conexión vital. Los estudios del señor Casaubon, observó Will, siempre habían sido de una índole demasiado amplia para eso, y tal vez él nunca hubiera