la altura de esa medida.
“Bien, quizá otros pensaron que podrías haberlo hecho mejor. Pero para mí habría sido peor. Y eso es lo que me llega al alma en lo que respecta a Fred.
- El muchacho es bueno en el fondo, y lo suficientemente listo como para arreglárselas, si se le pone en el camino correcto;
- y ama y respeta a mi hija por encima de todo, y ella le ha dado una especie de promesa según cómo resulte ser él.
Digo que el alma de ese joven está en mi mano; y haré lo mejor que pueda por él, ¡que Dios me ayude! Es mi deber, Susan”.
La señora Garth no era dada a las lágrimas, pero una gran lágrima ya le rodaba por la cara antes de que su marido terminara. Brotaba de la presión de diversos sentimientos, entre los cuales había mucho afecto y cierto disgusto. Se la secó rápidamente y dijo: