Era un principio general en Middlemarch, considerado evidente por sí mismo, que la buena carne debe acompañarse de buena bebida, lo cual Dagley interpretaba como abundante cerveza de barril bien regada con ron con agua. Estos licores tienen tanta verdad en sí mismos que no eran lo suficientemente falsos como para hacer que el pobre Dagley pareciera alegre: tan solo consiguieron que su descontento estuviera menos atado de lengua que de costumbre. También había tomado demasiado en forma de farragosa cháchara política, un estimulante peligrosamente perturbador para su conservadurismo agrario, que consistía en sostener que todo lo que es, es malo, y cualquier cambio probablemente sea peor. Estaba sofocado y sus ojos tenían una mirada decididamente pendenciera mientras permanecía quieto empuñando la horca, al tiempo que el propietario se acercaba con su caminar fácil y arrastrado, una mano en el bolsillo del pantalón y la otra agitando un bastón delgado.
—Dagley, buen hombre —comenzó el señor Brooke, consciente de que iba a ser muy amable respecto al