El trabajo aún no se había hecho, sino tan solo preparado para aquellos que supieran usar la preparación. ¿Cuál era el tejido primitivo? De ese modo se planteaba Lydgate la pregunta—no exactamente de la manera requerida por la respuesta que aguardaba; pero tal carencia de la palabra exacta le ocurre a muchos buscadores. Y contaba con intervalos de tranquilidad que aprovecharía con atención para retomar los hilos de la investigación—con muchas pistas que obtendría de la aplicación diligente, no solo del bisturí, sino del microscopio, cuya investigación se había vuelto a utilizar con un nuevo entusiasmo de confianza. Tal era el plan de Lydgate para su futuro: hacer pequeños trabajos buenos para Middlemarch, y grandes trabajos para el mundo.
Por entonces era sin duda un hombre feliz: tener veintisiete años, carecer de vicios arraigados, albergar el generoso propósito de que sus actos fueran benéficos y contar en la cabeza con ideas que hacían la vida interesante, muy al margen del culto a los caballos y a otros ritos místicos de costosa observancia para los que los ochocientas libras que le quedaron tras comprar su consulta no habrían dado ni de lejos.
Se hallaba en un punto de partida que hace de la carrera de muchos hombres un excelente tema para las apuestas, si hubiera habido algún caballero aficionado a tal entretenimiento que supiera apreciar las complicadas probabilidades de un propósito arduo, con todas las posibles zancadillas e impulsos de las circunstancias, toda la sutil balanza interior mediante la cual un hombre nada y alcanza su meta o bien es arrastrado torrente abajo.
El riesgo seguiría existiendo aun conociendo a fondo el carácter de Lydgate; pues el carácter también es un proceso y un despliegue. El hombre aún se estaba haciendo, tanto como el médico de Middlemarch y futuro descubridor inmortal, y había tanto virtudes como defectos capaces de encogerse o dilatarse.