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nydus/MiddlemarchPublic
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XXXV

Los pequeños legados llegaron primero, y ni siquiera el recuerdo de que había otro testamento y de que el pobre Peter podría haberlo pensado mejor logró sofocar el creciente disgusto y la indignación. A uno le gusta salir bien librado en todos los tiempos, pasado, presente y futuro. Y ahí estaba Peter, capaz hace cinco años de dejar solo doscientos a cada uno de sus propios hermanos y hermanas, y solo cien a cada uno de sus propios sobrinos y sobrinas; los Garth no aparecían mencionados, pero la señora Vincy y Rosamond debían recibir cien cada una. El señor Trumbull se llevaría el bastón de empuñadura de oro y cincuenta libras; los demás primos segundos y los primos presentes recibirían una suma similar y generosa, la cual, como observó el primo saturnino, era una especie de legado que dejaba a uno en la estacada; y había mucho más de ese goteo ofensivo a favor de personas ausentes⁠—vínculos problemáticos y, era de temer, de baja estofa. En total, calculando a la rápida, ahí se habían dispuesto unas tres mil. ¿Adónde pretendía entonces Peter que fuera el resto del dinero⁠—y adónde la tierra? ¿Y qué era lo revocado y lo no revocado⁠—y era la revocación para bien o para mal? Toda emoción debía ser condicional y bien podía resultar ser la equivocada. Los hombres eran lo suficientemente fuertes como para aguantar y mantenerse callados bajo esta confusa incertidumbre; algunos dejando caer el labio inferior, otros frunciéndolo, según el hábito de sus músculos. Pero Jane y Martha sucumbieron ante la avalancha de preguntas y rompieron a llorar; la pobre señora Cranch se sentía a medias consolada por recibir unos cuantos cientos sin trabajar para conseguirlos, y a medias consciente de que su parte era escasa; mientras que la mente de la señora Waule estaba completamente inundada por la sensación de ser hermana de sangre y recibir poco, mientras que otra persona iba a tener mucho.

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