de ese deseo reprimido. ¡Hay que ser pobre para conocer el lujo de dar!
Mrs. Farebrother recibió al huésped con una vivaz formalidad y precisión. Al poco tiempo le informó de que en aquella casa rara vez necesitaban asistencia médica.
Había criado a sus hijos para que llevaran franela y no se excedieran con la comida, considerando este último hábito como la principal razón por la cual la gente necesitaba médicos.
Lydgate abogó por aquellos cuyos padres y madres se habían excedido con la comida, pero Mrs. Farebrother consideraba peligrosa esa visión de las cosas: la naturaleza era más justa que eso; a cualquier criminal le resultaría fácil decir que sus antepasados debían haber sido ahorcados en su lugar.
Si quienes tenían malos padres y malas madres eran malos a su vez, eran ahorcados por ello. No había necesidad de remover lo que no se podía ver.
—Mi madre es como el viejo Jorge tercero —dijo el vicario—, se opone a la metafísica.
—Yo me opongo a lo que está mal, Camden. Digo yo que hay que aferrarse a unas pocas verdades sencillas y hacer que todo cuadre con ellas. Cuando yo era joven, Mr. Lydgate, nunca hubo ninguna duda sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Sabíamos nuestro catecismo, y con eso bastaba; aprendíamos nuestro credo y nuestro deber. Toda persona respetable de la Iglesia tenía las mismas opiniones. Pero ahora, si hablas a partir del propio Libro de Oración, te arriesgas a que te lleven la contraria.
—Eso resulta bastante agradable para los que gustan de sostener su propio punto de vista —dijo Lydgate.