Y fidedigna además, muy mujeril y llana, ningún término fingido tenía para parecer sabia.
De ese modo llegó Dorothea a estar sollozando en cuanto se vio a salvo en la oscuridad.
Pero pronto la despertó un golpe en la puerta, lo que la hizo secarse los ojos apresuradamente antes de decir: «Adelante».
Tantripp había traído una tarjeta y dijo que había un caballero esperando en el recibidor. El correo le había dicho que solo la señora Casaubon estaba en casa, pero él afirmó ser pariente del señor Casaubon: ¿lo recibiría ella?
—Sí —dijo Dorothea sin pausa—; hágalo pasar al salón. Sus impresiones principales sobre el joven Ladislaw eran que, cuando lo había visto en Lowick, había tomado conciencia de la generosidad del señor Casaubon hacia él, y también de que le había interesado su propia indecisión respecto a su carrera. Estaba muy receptiva a cualquier cosa que le brindara la oportunidad de mostrar una simpatía activa, y en ese momento parecía como si la visita hubiera venido a sacarla de su descontento ensimismado, a recordarle la bondad de su esposo y a hacerle sentir que ahora tenía el derecho de ser su compañera en todas las buenas acciones. Esperó un minuto o dos, pero cuando pasó a la habitación contigua quedaban los indicios justos de que había estado llorando como para hacer que su rostro abierto pareciera más juvenil y atrayente que de costumbre. Recibió a Ladislaw con esa exquisita sonrisa de buena