“Empezaré a admitir lo que dijiste de ti mismo cuando viniste aquí por primera vez: que eres un oso y necesitas que los pájaros te enseñen”.
—Bueno, hay un pájaro que puede enseñarme lo que quiera. ¿Acaso no la escucho de buena gana?
A Rosamond le parecía que ella y Lydgate estaban prácticamente prometidos. Que algún tiempo estarían prometidos era una idea que llevaba tiempo en su mente; y las ideas, bien lo sabemos, tienden a una existencia de índole más sólida, estando a mano los materiales necesarios. Es verdad que Lydgate abrigaba la contraidea de seguir sin compromiso; pero esto era una mera negativa, una sombra proyectada por otros propósitos que por sí mismos eran proclives a desvanecerse. Las circunstancias casi con seguridad se pondrían del lado de la idea de Rosamond, la cual poseía una actividad formadora y miraba a través de unos atentos ojos azules, mientras que la de Lydgate yacía ciega e indiferente como una medusa que se deshace sin enterarse.
Aquella tarde, al volver a casa, miró sus frascos para ver cómo iba un proceso de maceración, con imperturbable interés; y pasó sus notas diarias a limpio con tanta precisión como de costumbre. Los ensueños de los cuales le costaba separarse eran construcciones ideales de algo distinto a las virtudes de Rosamond, y el tejido primitivo seguía siendo su bella desconocida. Además, empezaba a sentir cierto entusiasmo por la creciente aunque a medias reprimida disputa entre él y los otros médicos, que probablemente se haría más evidente, ahora que el método de Bulstrode para administrar el nuevo hospital estaba a punto de darse a conocer; y había varios indicios estimulantes de que su rechazo por parte de algunos de los pacientes de Peacock podría verse contrarrestado por la impresión que había causado en otros ámbitos.