amenaza tenía que haber sido permitida, y era un castigo de una nueva clase. Era para él una hora de angustia muy diferente de aquellas otras en las que su lucha había sido discretamente privada, y que habían concluido con la sensación de que sus fechorías secretas habían sido perdonadas y sus servicios aceptados. Esas fechorías —incluso cuando fueron cometidas—, ¿no habían quedado medio santificadas por la firmeza de su deseo de consagrarse a sí mismo y a todo lo que poseía a la promoción del diseño divino? ¿Y acaso iba a convertirse, después de todo, en una mera piedra de tropiezo y en una roca de escándalo? Porque ¿quién comprendería la obra en su interior? ¿Quién, al tener el pretexto de arrojar ignominia sobre él, no confundiría toda su vida y las verdades que había abrazado en un solo montón de oprobio?
En sus meditaciones más íntimas, el hábito mental de toda la vida del señor Bulstrode revestía sus terrores más egoístas con referencias doctrinales a fines sobrehumanos. Pero aun mientras hablamos y meditamos sobre la órbita terrestre y el sistema solar, lo que sentimos y a lo que ajustamos nuestros movimientos es a la tierra estable y al día cambiante. Y ahora, dentro de toda la sucesión automática de frases teóricas —tan nítido e íntimo como el escalofrío y el dolor de una fiebre próxima cuando discutimos sobre el dolor abstracto—, estaba el pronóstico de la deshonra ante sus vecinos y su propia esposa. Pues el dolor, al igual que la estimación pública de la desgracia, depende de la magnitud de la profesión previa. Para los hombres que solo aspiran a evitar el delito grave, nada que no sea el banquillo de los acusados constituye una deshonra. Pero el señor Bulstrode había aspirado a ser un cristiano eminente.
No pasaba de las siete y media de la mañana cuando llegó de nuevo a Stone Court. Aquel hermoso y antiguo lugar nunca había tenido más