Rosamond se volvió hacia Lydgate, sonriendo con suavidad, y dijo: «Como ves, a los osos no siempre se les puede enseñar».
—¡Vamos allá, Rosy! —dijo Fred, saltando del taburete y girándolo hacia arriba para ella, con la más sincera expectativa de disfrutar—. Primero unas buenas piezas alegres y animadas.
Rosamond tocaba con maestría. Su profesor en la escuela de la señora Lemon (cercana a una capital de condado de memorable historia que conservaba sus reliquias en la iglesia y en el castillo) era uno de esos excelentes músicos que de vez en cuando pueden hallarse en nuestras provincias, dignos de compararse con muchos insignes Kapellmeister en un país que ofrece más abundantes condiciones para la fama musical. Rosamond, con el instinto del intérprete, había captado su manera de tocar y ejecutaba su grandiosa interpretación de música noble con la precisión de un eco. Al oírlo por primera vez, resultaba casi sorprendente. Un alma oculta parecía manar de los dedos de Rosamond; y así era en verdad, puesto que las almas