en arrebatos de agitación, de lucha, de desánimo, y luego otra vez en visiones de una renuncia más completa, transformando todas las duras condiciones en deber. ¡Pobre Dorothea! Ciertamente era molesta —principalmente para sí misma—; pero aquella mañana, por primera vez, había resultado molesta para el señor Casaubon.
Ella había comenzado, mientras tomaban el café, con la determinación de sacudirse lo que en su fuero interno llamaba su egoísmo, y volvió un rostro lleno de alegre atención hacia su esposo cuando este dijo:
«Querida Dorothea, debemos pensar ahora en todo lo que aún nos queda por hacer, como preámbulo de nuestra partida. Hubiera querido regresar a casa antes para haber estado en Lowick por Navidad; pero mis gestiones aquí se han prolongado más allá del plazo previsto. Confío, sin embargo, en que el tiempo pasado aquí no te haya resultando desagradable. Entre las maravillas de Europa, la de Roma ha sido tenida siempre por una de las más llamativas y, en ciertos aspectos, edificantes. Recuerdo muy bien que consideré un hito en mi vida cuando la visité por primera vez, tras la caída de Napoleón, acontecimiento que abrió el continente a los viajeros. En verdad, creo que es una entre varias ciudades a las que se ha aplicado una hipérbole extrema: “Ver Roma y morir”; mas en tu caso propondría una enmienda y diría: Ver Roma como una novia, y vivir desde entonces como una esposa feliz».
El señor Casaubon pronunció este pequeño discurso con la intención más concienzuda, parpadeando un poco y balanceando la cabeza de arriba abajo, para concluir con una sonrisa. No había encontrado en el matrimonio un estado arrebatador, pero no tenía la menor intención de ser otra cosa que un marido irreprochable, dispuesto a hacer tan feliz a una encantadora joven como ella merecía serlo.