largas con bromas como hace conmigo. Por supuesto, no se lo habría podido decir a nadie más, ni le habría pedido a nadie más que hablara con ella, sino a ti. No hay nadie más que pueda ser un amigo así para los dos”. Fred se detuvo un momento y luego dijo, en un tono más bien quejumbroso: “Y ella debería reconocer que he estudiado para aprobar. Debería creer que me esforzaría por su bien”.
Hubo un momento de silencio antes de que el señor Farebrother dejara su labor y, tendiéndole la mano a Fred, dijera:
“Muy bien, muchacho. Haré lo que deseas”.
Ese mismo día, el señor Farebrother fue a la vicaría de Lowick en el jamelgo que acababa de comprar.
«Definitivamente soy un viejo tronco —pensó—; los nuevos brotes me están desplazando».