—¡Jo, jo! Doctor —dijo el viejo señor Powderell, un ferretero jubilado de cierta posición (su interjección era algo entre una risa y una objeción parlamentaria)—; hay que dejarle decir su opinión. Pero lo que tenemos que considerar no son los ingresos de nadie, son las almas de los pobres enfermos —aquí la voz y el rostro del señor Powderell adquirieron una sinceridad conmovedora—. Es un verdadero predicador del Evangelio, el señor Tyke. Votaría en contra de mi conciencia si votara en contra del señor Tyke; de verdad que sí.
—Los opositores del señor Tyke no le han pedido a nadie que vote en contra de su conciencia, según creo —dijo el señor Hackbutt, un rico curtidor de fluida palabra, cuyas brillantes gafas y cabello erizado se volvían con cierta severidad hacia el inocente señor Powderell—. Pero, a mi juicio, nos incumde a nosotros, como directores, considerar si debemos ver como nuestra única labor el llevar a cabo propuestas emanadas de un solo bando. ¿Acaso algún miembro del comité afirmaría que se le habría ocurrido la idea de desplazar al caballero que siempre ha desempeñado aquí las funciones de capellán, si no se lo hubieran sugerido partes cuya disposición es considerar toda institución de esta ciudad como maquinaria para llevar a cabo sus propias miras? No juzgo los motivos de nadie: que queden entre él y un Poder superior; pero sí digo que aquí actúan influencias que son incompatibles con la genuina independencia, y que una bajeza servil suele estar dictada por circunstancias que los caballeros que así se conducen no podrían permitirse confesar ni moral ni financieramente. Yo mismo soy laico, pero he dedicado una atención nada despreciable a las divisiones en la Iglesia y—
“¡Maldita sea la división!”, estalló el señor Frank Hawley, abogado y secretario municipal, que rara vez se dejaba ver por la junta, pero que