Caleb Garth, que abriga pocas expectativas y menos codicia, estaba interesado en la confirmación de sus propias suposiciones, y la calma con la que, esbozando media sonrisa, se frotaba la barbilla y lanzaba miradas inteligentes, casi como si estuviera tasando un árbol, contrastaba bellamente con la alarma o el desdén visibles en otros rostros cuando el desconocido doliente, cuyo nombre se entendía que era Rigg, entró en el salón revestido de madera y tomó asiento cerca de la puerta para formar parte del auditorio en el momento de la lectura del testamento. Justo en ese momento, el señor Solomon y el señor Jonah habían subido al piso de arriba con el abogado para buscar el testamento; y la señora Waule, al ver dos asientos vacíos entre ella y el señor Borthrop Trumbull, tuvo el ánimo de sentarse junto a esa gran autoridad, quien jugueteaba con los dijes de su reloj y perfilaba su silueta con la firme determinación de no mostrar nada tan comprometedor para un hombre competente como el asombro o la sorpresa.
—Supongo que usted lo sabe todo sobre lo que ha hecho mi pobre hermano, señor Trumbull —dijo la señora Waule, en el más bajito de sus tonos lanosos, mientras volvía su capota ensombrecida por el crespón hacia el oído del señor Trumbull.
—Mi buena señora, todo lo que se me dijo, se me dijo en confidencia —dijo el subastador, llevándose la mano para proteger aquel secreto.
—Los que ya se creen seguros de su buena suerte todavía pueden llevarse una desilusión —continuó la señora Waule, hallando cierto alivio en esta revelación.
—Las esperanzas suelen ser ilusorias —dijo el señor Trumbull, todavía en confidencia.
—¡Ah! —dijo la señora Waule, mirando de reojo a los Vincy y volviéndose luego hacia el lado de su hermana Martha.