puede, a mi parecer, considerarse un producto mítico genuino. Pero si le gustan estas pinturas murales, podemos ir hasta allí fácilmente; y entonces habrá visto, creo yo, las principales obras de Rafael, de las cuales sería una pena omitir cualquiera en una visita a Roma. Es el pintor de quien se dice que combina la más completa gracia formal con la sublimidad de expresión. Tal es al menos la opinión que he deducido de los entendidos.
Este tipo de respuesta, dada en un tono oficial y medido, como el de un eclesiástico que lee conforme a las rúbricas, no ayudaba a justificar las glorias de la Ciudad Eterna, ni a darle la esperanza de que, si llegaba a saber más sobre ellas, el mundo se iluminaría jubilosamente para ella.
Apenas hay contacto más deprimente para una criatura joven y ardiente que el de una mente en la que años llenos de conocimiento parecen haber desembocado en una absoluta ausencia de interés o simpatía.
Sobre otros temas, en efecto, el señor Casaubon mostraba una tenacidad de ocupación y un entusiasmo que por lo general se consideran el fruto de la inspiración, y Dorotea estaba deseosa de seguir esta dirección espontánea de sus pensamientos, en lugar de sentirse obligada a apartarle de ella.
Pero poco a poco iba perdiendo la confianza deliciosa de antaño en que vería una gran apertura allí donde lo seguía.
El pobre señor Casaubon mismo se perdía entre pequeños armarios y escaleras de caracol, y en una penumbra agitada acerca de los cabiros, o en la exposición de paralelos poco meditados de otros mitólogos, perdía fácilmente de vista cualquier propósito que lo hubiera impulsado a tales fatigas. Con su vela encendida frente a sí, olvidaba la ausencia de ventanas, y entre amargas acotaciones manuscritas sobre las ideas ajenas acerca de las deidades solares, se había vuelto indiferente a la luz del sol.