pan, que no se dejaría sofocar por esa iniciación en los apaños llamada sus años de aprendiz; y llevó a sus estudios en Londres, Edimburgo y París la convicción de que la profesión médica, tal como podía llegar a ser, era la mejor del mundo; pues presentaba el intercambio más perfecto entre la ciencia y el arte, y ofrecía la alianza más directa entre la conquista intelectual y el bien social. La naturaleza de Lydgate exigía esta combinación: era una criatura emotiva, con un sentido de compañerismo de carne y hueso que resistía todas las abstracciones del estudio especializado. No le importaban solo los «casos», sino Juan y Isabel, especialmente Isabel.
Había otro atractivo en su profesión: necesitaba una reforma y le brindaba a uno la oportunidad de tomar la indignada resolución de rechazar sus condecoraciones venales y demás patrañas, y de poseer cualificaciones genuinas aunque no demandadas.
Se fue a estudiar a París con la firme determinación de que, cuando regresara a casa, se establecería en alguna ciudad de provincia como médico general, y resistiría la irracional separación entre los conocimientos médicos y quirúrgicos en aras de sus propias actividades científicas, así como del avance general: se mantendría alejado del alcance de las intrigas, celos y bajezas sociales de Londres, y ganaría celebridad, por lentamente que fuera, como lo había hecho Jenner, mediante el valor independiente de su trabajo.
Pues debe recordarse que era esta una época oscura; y a pesar de los venerables colegios que hacían grandes esfuerzos por asegurar la pureza del conocimiento volviéndolo escaso, y por excluir el error mediante una rígida exclusividad en lo tocante a tasas y nombramientos, sucedía que jóvenes muy ignorantes obtenían prebendas en la ciudad, y muchos más adquirían el derecho legal a ejercer en extensas zonas rurales. > Asimismo, el elevado nivel mantenido ante la opinión pública por el Real Colegio de Médicos, que otorgaba