temperatura, por la sensación de que él mismo proporcionaba objetos para el microscopio y por el aprendizaje de muchas palabras nuevas que parecían estar a la altura de la dignidad de sus secreciones. Pues Lydgate era lo suficientemente perspicaz como para complacerlo con un poco de charla técnica.
Puede imaginarse que el señor Trumbull se levantó de su lecho con la disposición de hablar de una enfermedad en la que había manifestado la fuerza de su mente tanto como la de su constitución; y no escatimó elogios para el médico que había sabido discernir la clase de paciente con la que trataba. El subastador no era un hombre mezquino y le gustaba reconocer los méritos ajenos, sintiendo que podía permitírselo. Había captado las palabras «método expectante» y hacía sonar las campanas con esta y otras frases eruditas para acompañar la afirmación de que Lydgate «sabía un par de cosas más que el resto de los médicos, y estaba mucho más versado en los secretos de su profesión que la mayoría de sus colegas».
Esto había sucedido antes de que el asunto de la enfermedad de Fred Vincy diera a la enemistad del señor Wrench hacia Lydgate un fundamento personal más definido. El recién llegado ya amenazaba con ser una molestia en forma de rivalidad, y era sin duda una molestia en forma de crítica práctica o reflexiones sobre sus abrumados mayores, que tenían otras cosas que hacer antes que ocuparse de nociones no probadas. Su clientela se había extendido en uno o dos sectores, y desde el principio la noticia de su alta alcurnia había dado lugar a que fuese invitado con bastante generalidad, de modo que los otros médicos tenían que encontrarse con él a cenar en las mejores casas; y no se observa que el hecho de tener que vérselas con un hombre que te desagrada termine siempre en un afecto mutuo.