que llamamos muchachada. Ante las últimas palabras de Fred sintió una punzada instantánea, algo parecido a lo que siente una madre ante los sollozos o gritos imaginados de su hijo travieso y descarriado, que puede perderse y sufrir algún daño. Y cuando, al levantar la vista, sus ojos se cruzaron con su mirada apagada y desesperada, la compasión que sentía por él se impuso a su ira y a todas sus demás inquietudes.
—¡Ay, Fred, qué mal tiene usted aspecto! Siéntese un momento. No se vaya aún. Déjeme decirle al tío que está aquí. Se ha estado extrañando de no haberle visto en toda una semana.
Mary habló de prisas, diciendo las primeras palabras que se le vinieron a la cabeza sin saber muy bien cuáles eran, pero diciéndolas en un tono medio consolador y medio suplicante, y levantándose como si fuera a marcharse en busca del señor Featherstone.
Por supuesto, Fred sintió como si las nubes se hubieran partido y un rayo de luz se hubiera abierto paso: se movió y se interpuso en su camino.