—Tomaré solo un bocado de jamón y un vaso de cerveza —dijo, en tono tranquilizador—. Como hombre con asuntos públicos, pico algo cuando puedo. Apuesto por este jamón —añadió, tras tragar unos cuantos trozos con alarmante rapidez—, contra cualquier jamón de los tres reinos. En mi opinión es mejor que los de Freshitt Hall—y creo que soy un juez bastante competente.
—A algunos no les gusta tanta azúcar en el jamón —dijo la señora Waule—. Pero a mi pobre hermano siempre le ha gustado el azúcar.
—Si alguien exige algo mejor, está en su derecho de hacerlo; pero, ¡santo Dios, qué aroma! Me alegraría poder comprar de esa calidad, lo sé. Es una satisfacción para un caballero —aquí la voz del señor Trumbull transmitía una emotiva protesta— tener esta clase de jamón en su mesa.
Apartó su plato, se sirvió un vaso de cerveza y adelantó un poco la silla, aprovechando la ocasión para mirarse la parte interior de las piernas, que se acarició con aprobación; pues el señor Trumbull poseía todos esos aires y gestos menos frívolos que distinguen a las razas predominantes del norte.
—Veo que tiene ahí un trabajo interesante, señorita Garth —observó cuando Mary volvió a entrar—. Es del autor de Waverley; es decir, de sir Walter Scott. Yo mismo he comprado una de sus obras, una cosa muy bonita, una publicación de gran calidad titulada Ivanhoe. No creo que encuentre pronto a ningún escritor que lo supere; en mi opinión, tardarán en dejarlo atrás. Acabo de leer un fragmento del principio de Ana de Jeersteen. Comienza bien. (Las cosas nunca empezaban con el señor Borthrop Trumbull: siempre comenzaban, tanto en su vida privada como en sus prospectos). Veo que es usted lectora. ¿Está abonada a nuestra biblioteca de Middlemarch?
—No —dijo Mary—. El señor Fred Vincy trajo este libro.