acercándose con total frialdad al señor Standish y planteándole cuestiones de negocios con gran aplomo. Tenía una voz aguda y chirriante y un acento detestable. Fred, a quien ya no provocaba la risa, lo consideraba el monstruo más ruin que jamás hubiera visto. Pero Fred se sentía bastante indispuesto. El mercero de Middlemarch aguardaba la oportunidad de entablar conversación con el señor Rigg: nunca se sabe para cuántos pares de piernas el nuevo propietario podría necesitar medias, y en los beneficios se podía confiar más que en los legados. Además, el mercero, como primo segundo, era lo suficientemente ecuánime como para sentir curiosidad.
Mr. Vincy, tras su único estallido, había permanecido orgullosamente en silencio, aunque demasiado preocupado por desagradables sentimientos como para pensar en moverse, hasta que observó que su mujer había ido al lado de Fred y lloraba en silencio mientras le sostenía la mano a su querido hijo.
Se levantó de inmediato y, dándole la espalda a la concurrencia mientras le decía en voz baja: «No te derrotes, Lucy; no hagas el ridículo, querida, ante esta gente», añadió en su habitual vozarrón: «Ve a encargar el faetón, Fred; no tengo tiempo que perder».
Mary Garth se había estado preparando un poco antes para irse a casa con su padre. Se encontró con Fred en el vestíbulo y, por primera vez, tuvo el valor de mirarlo. Él tenía esa especie de palidez marchita que a veces aparece en los rostros jóvenes, y su mano estaba muy fría cuando ella se la estrechó. Mary también estaba agitada; era consciente de que, de manera fatal, sin voluntad propia, tal vez había marcado una gran diferencia en la suerte de Fred.
—Adiós —dijo ella, con cariñosa tristeza—. Sé valiente, Fred. De veras creo que estás mejor sin el dinero. ¿De qué le sirvió al señor Featherstone?