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nydus/MiddlemarchPublic
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LVIII

Rosamond, aun sin una ocasión como la visita del capitán Lydgate, era aficionada a hacer invitaciones, y Lydgate, aunque a menudo consideraba a los invitados pesados, no se metía en eso. Esta sociabilidad parecía una parte necesaria de la prudencia profesional, y la hospitalidad debía estar a la altura. Es verdad que Lydgate visitaba constantemente los hogares de los pobres y ajustaba sus prescripciones dietéticas a sus escasos medios; pero, ¡vaya por Dios!, ¿acaso no ha dejado ya de ser notable —no es más bien lo que esperamos de los hombres— que posean numerosos hilos de experiencia que yacen unos junto a otros y jamás los comparen entre sí? Los gastos —como la fealdad y los errores— se convierten en algo totalmente nuevo cuando les adherimos nuestra propia personalidad y los medimos por esa gran diferencia que se manifiesta (en nuestras propias sensaciones) entre nosotros y los demás. Lydgate se creía descuidado con su ropa y despreciaba al hombre que calculaba los efectos de su indumentaria; le parecía de lo más natural tener abundancia de prendas frescas —semejantes cosas se encargaban naturalmente por haces—. Debe recordarse que hasta entonces jamás había sentido el freno de una deuda importante, y caminaba por hábito, no por autocrítica. Pero el freno había llegado.

Su novedad lo hacía más irritante. Estaba asombrado, disgustado de que unas condiciones tan ajenas a todos sus propósitos, tan odiosamente desconectadas de los objetivos en los que le importaba ocuparse, le hubieran tendido una emboscada y lo hubieran atrapado cuando estaba desprevenido. Y no era solo la deuda real; era la certeza de que, en su situación actual, tendría que seguir aumentándola. Dos comerciantes de muebles de Brassing, cuyas facturas se habían contraído antes de su matrimonio y a quienes los gastos corrientes

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