Pero esta estupenda fragmentariedad acrecentaba la extrañeza onírica de su vida nupcial.
Dorothea llevaba ya cinco semanas en Roma, y en las benévolas mañanas en que el otoño y el invierno parecían ir de la mano como una feliz pareja de ancianos de los cuales uno sobreviviría dentro de poco en una soledad más gélida, había estado paseando en coche al principio con el señor Casaubon, pero últimamente sobre todo con Tantripp y su experimentado correo.
Había sido conducida por las mejores galerías, la habían llevado a los principales miradores, le habían mostrado las ruinas más grandiosas y las iglesias más gloriosas, y había acabado por elegir las más de las veces ir en coche a la Campagna, donde podía sentirse sola con la tierra y el cielo, lejos de la opresiva mascarada de los siglos, en la cual su propia vida también parecía convertirse en una máscara de disfraces enigmáticos.
Para aquellos que han mirado a Roma con el poder vivificante de un conocimiento que infunde un alma creciente en todas las formas históricas, y rastrea las transiciones reprimidas que unen todos los contrastes, Roma puede ser todavía el centro espiritual y el intérprete del mundo.
Pero concíbase un contraste histórico más: las gigantescas y truncas revelaciones de aquella ciudad Imperial y Papal arrojadas de repente sobre las nociones de una muchacha educada en el puritanismo inglés y suizo, alimentada con escuetas historias protestantes y con un arte principalmente del género de las pantallas de mano; una muchacha cuyo ardiente naturaleza convertía toda su reducida asignación de saber en principios, fundiendo sus acciones en el molde de estos, y cuyas rápidas emociones otorgaban a las cosas más abstractas la cualidad de un placer o un dolor; una muchacha que hacía poco se había convertido en esposa, y que, a partir de la aceptación entusiasta de un deber no probado, se