De verdad las abrigaba, y no veía ninguna alternativa agradable si las abandonaba; además, hacía poco había contraído una deuda que lo mortificaba en extremo, y el viejo Featherstone casi había negociado saldarla. Todo el asunto era miserablemente insignificante: sus deudas eran pequeñas, incluso sus expectativas no eran nada del otro mundo. Fred había conocido a hombres ante los cuales le habría dado vergüenza confesar la insignificancia de sus apuros.
Tales rumiaciones producían naturalmente una veta de amargura misantrópica. Nacer como hijo de un fabricante de Middlemarch, y heredero inevitable de nada en particular, mientras hombres como Mainwaring y Vyan... ciertamente la vida era un mal negocio, cuando un joven fogoso, con buen apetito para lo mejor de todo, tenía perspectivas tan pobres.
A Fred no se le había ocurrido que la introducción del nombre de Bulstrode en el asunto fuera una invención del viejo Featherstone; ni esto habría podido alterar en nada su situación.
Veía con bastante claridad que el viejo quería ejercer su poder atormentándolo un poco, y probablemente también obtener cierta satisfacción al verlo en malas relaciones con Bulstrode.
Fred se imaginaba que veía hasta el fondo del alma de su tío Featherstone, aunque en realidad la mitad de lo que veía allí no era más que el reflejo de sus propias inclinaciones. La difícil tarea de conocer otra alma no está hecha para jóvenes caballeros cuya conciencia se compone principalmente de sus propios deseos.
El principal motivo de debate interno de Fred era si debía decírselo a su padre o intentar salir del paso sin que este se enterase. Probablemente