fulgor intelectual de Londres, y considerad lo que habría sido ese apuesto invitado a una cena si hubiera aprendido apenas una habilidad mediocre para «hacer cuentas» con el sacristán de Tipton y hubiera leído un capítulo de la Biblia con inmensa dificultad, debido a que nombres como Isaías o Apolo seguían resultándole indescifrables después de deletrearlos dos veces. El pobre Dagley leía a veces unos cuantos versículos un domingo por la tarde, y al menos el mundo no se le presentaba más oscuro de lo que había sido antes. C Algunas cosas las conocía a fondo: a saber, los hábitos descuidos de la labranza, y los apuros del tiempo, el ganado y las cosechas en Freeman’s End —llamado así al parecer a modo de sarcasmo, para dar a entender que uno era libre de abandonarlo si quería, pero que no había ningún «más allá» terrenal abierto para él—.
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