debía ceder ante la indignación por lo que se hace en perjuicio de otra persona. Y Casaubon le había infligido un daño a Dorothea al casarse con ella. Un hombre estaba obligado a conocerse mejor que eso, y si elegía envejecer rociando huesos en una caverna, no tenía por qué andar atrayendo a una chica a su compañía. «Es el más horrible de los sacrificios de vírgenes», decía Will; y se figuraba cuáles eran los pesares íntimos de Dorothea como si hubiera estado escribiendo un lamento coral. Pero jamás la perdería de vista: velaría por ella —si renunciaba a todo lo demás en la vida, velaría por ella— y ella sabría que tenía un esclavo en el mundo. Will poseía —para usar la frase de Sir Thomas Browne— una «pródiga pasión» para expresarse, tanto ante sí mismo como ante los demás. La pura verdad era que nada lo atraía entonces con tanta fuerza como la presencia de Dorothea.
Invitaciones de índole formal, sin embargo, habían faltado, pues a Will nunca se le había pedido que fuera a Lowick. El señor Brooke, en verdad, seguro de hacer todo lo agradable que