trae algo más gordo entre manos». Aun así, los vítores resultaban estimulantes, y ningún candidato podría haber tenido un aspecto más afable que el señor Brooke, con la chuleta en el bolsillo interior de la chaqueta, la mano izquierda apoyada en la barandilla del balcón y la derecha jugando distraída con el monóculo. Los rasgos más llamativos de su estampa eran su chaleco de color ante, su cabello rubio cortado corto y su fisonomía neutral. Empezó con cierta seguridad.
“Señores: ¡electores de Middlemarch!”
Esto era tan acertado que un pequeño silencio después pareció natural.
—Me alegro muchísimo de estar aquí; jamás he estado tan orgulloso y feliz en mi vida; jamás tan feliz, ya sabes.
Era esta una figura retórica audaz, pero no exactamente lo apropiado; pues, por desgracia, la bien ensayada apertura se le había escapado —hasta