Una tarea muy pesada para hechizos de mago había logrado este escudero; es fácil arrojar piedras en los pozos, ¿pero quién habrá de sacarlas?
—Ojalá a Dios plazca que podamos evitar que Dorothea se entere de esto —dijo sir James Chettam, con el ceño levemente fruncido y una expresión de intenso disgusto alrededor de los labios.
Él estaba de pie sobre la alfombra de la chimenea en la biblioteca de Lowick Grange, y le hablaba al señor Brooke. Era el día después del entierro del señor Casaubon, y Dorothea todavía no podía salir de su habitación.
—Eso sería difícil, ya sabe, Chettam, como ella es albacea, y le gusta meterse en estas cosas: la propiedad, la tierra, ese tipo de cosas. Tiene sus ideas, ya sabe —dijo el señor Brooke, colocándose los lentes nerviosamente y explorando los bordes de un papel doblado que sostenía en la mano—; y le gustaría actuar; créame, como albacea, Dorothea querría actuar. Y cumplió veintiún años el pasado diciembre, ya sabe. Yo no puedo impedir nada.
Sir James miró la alfombra durante un minuto en silencio, y luego, levantando los ojos de repente, los clavó en el señor Brooke, diciendo: —Le diré lo que podemos hacer. Hasta que Dorothea esté bien, hay que mantenerla alejada de todo asunto, y tan pronto como pueda ser trasladada deberá venir con nosotros. Estar con Celia y el bebé será lo mejor del mundo para ella, y le hará pasar el tiempo. Y entre tanto usted debe deshacerse de Ladislaw: tiene que enviarlo fuera del país.
Aquí la mirada de repugnancia de Sir James volvió con toda su intensidad.