Esta fue una extraña manera de llegar a un entendimiento, pero fue una manera breve. Rosamond no estaba enojada, pero se apartó un poco hacia atrás con tímida felicidad, y Lydgate pudo sentarse ahora junto a ella y hablar de manera menos incompleta. Rosamond tuvo que hacer su pequeña confesión, y él brotó en palabras de gratitud y ternura con impulsiva prodigalidad. En media hora salió de la casa siendo un hombre comprometido, cuya alma ya no le pertenecía, sino a la mujer a la que se había atado.
Volvió por la tarde a hablar con el señor Vincy, quien, recién vuelto de Stone Court, daba por sentado que no tardaría en tener noticias del fallecimiento del señor Featherstone. La afortunada palabra «fallecimiento», que le había venido a la mente tan oportunamente, había elevado su ánimo incluso por encima de su habitual tono vespertino. La palabra exacta es siempre una fuerza y comunica su definición a nuestros actos. Considerada como un fallecimiento, la muerte del viejo Featherstone adquiría un cariz meramente jurídico, de modo que el señor Vincy podía golpear su tabaquera al pensarlo y mostrarse jovial, sin necesidad de fingir solemnidad ni a ratos; y el señor Vincy aborrecía tanto la solemnidad como la afectación. ¿A quién le ha infundido jamás respeto reverencial un testador, o quién ha entonado un himno por el título de propiedad de un bien inmueble? El señor Vincy se inclinaba aquella tarde por ver el lado jovial de todas las cosas: incluso le comentó a Lydgate que Fred había heredado al fin la constitución de la familia y que pronto volvería a ser un mozo tan apuesto como el que más; y cuando le pidieron su aprobación para el compromiso de Rosamond, la concedió con asombrosa facilidad, pasando de inmediato a consideraciones generales sobre lo conveniente