Comenzó a oírse a sí misma, y quedó paralizada. Como quien ha perdido el camino y está cansado, se sentó y vio de un solo vistazo todos los senderos de su joven esperanza que jamás volvería a encontrar. Y con igual claridad, a la luz miserable, vio su propia soledad y la de su esposo—cómo caminaban tan separados que ella se veía obligada a examinarlo. Si él la hubiera atraído hacia sí, jamás lo habría examinado—jamás se habría dicho: «¿Vale la pena vivir por él?», sino que lo habría sentido simplemente como una parte de su propia vida. Ahora decía amargamente: «Es culpa suya, no mía». En la sacudida de todo su ser, la Piedad fue derrocada. ¿Acaso era culpa suya haber creído en él—haber creído en su valor?—¿Y qué era, exactamente, él?—Ella era muy capaz de evaluarlo—ella, que aguardaba sus miradas con temblor y encerraba en prisión a su mejor
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Capítulo XLII
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