lord Megatherium; el cruce exacto de genealogías que había llevado una corona a una nueva rama y ampliado las relaciones del escándalo—estos eran temas de los cuales retenía los detalles con la máxima precisión, y los reproducía en un excelente adobo de epigramas, que ella misma disfrutaba tanto más cuanto que creía tan indudablemente en la cuna y la no-cuna como creía en la caza y en las alimañas.
Ella nunca habría repudiado a nadie por motivos de pobreza: un De Bracy reducido a tomar la cena en un tazón le habría parecido un ejemplo de patetismo digno de exagerar, y mucho me temo que sus vicios aristocráticos no la habrían horrorizado.
Pero su sentimiento hacia los ricos vulgares era una especie de odio religioso: probablemente habían hecho todo su dinero a base de altos precios al por menor, y la señora Cadwallader detestaba los precios altos para todo aquello que no se pagara en especie en la Rectoría; esa clase de gente no formaba parte del diseño de Dios al crear el mundo; y su acento era un tormento para los oídos.
Una ciudad donde tales monstruos abundaban no era más que una especie de comedia de baja categoría, que no podía tomarse en cuenta en un esquema bien educado del universo.
Que cualquier señora inclinada a ser dura con la señora Cadwallader examine la amplitud de sus propias hermosas opiniones, y se asegure bien de que estas dan cabida a todas las vidas que tienen el honor de coexistir con la suya.
Con una mente así, activa como el fósforo, que devoraba todo lo que se acercaba para darle la forma que le convenía, ¿cómo iba a sentir la señora Cadwallader que las señoritas Brooke y sus perspectivas matrimoniales le eran ajenas? Especialmente cuando era costumbre de muchos años regañar al señor Brooke con la más amistosa franqueza y confesarle en privado que lo tenía por un pobre infeliz.