con todos estos pichones. Veo que quieres influir en las generaciones más jóvenes, formarlas, serles útil, y te aseguro que este rasgo de tu carácter, del que había oído hablar, me atrajo por encima de todo. Pero vayamos al grano. Noté que al chico le entraba una especie de blandura y sentimentalismo, y ya sabes que siento un odio visceral hacia ese sentimentalismo estúpido, y lo tengo desde que era un bebé. En él también había contradicciones: era orgulloso, pero se mostraba servilmente devoto de mí, y de repente le brillaban los ojos y se negaba a estar de acuerdo conmigo; discutía, montaba en cólera. A veces yo soltaba ciertas ideas; notaba que no era tanto que estuviera en desacuerdo con ellas, sino que se rebelaba contra mí simplemente porque yo respondía con frialdad a sus muestras de afecto. Y así, para educarlo como debido, cuanto más tierno se ponía, más frío me mostraba yo. Lo hacía a propósito: esa era mi idea. Mi objetivo era forjar su carácter, pulirlo, hacer de él un hombre… y además… sin duda me entiendes con media palabra. De repente noté que, durante tres días seguidos, estaba abatido y melancólico, no por mi frialdad, sino por otra cosa, por algo más importante. Me pregunté cuál sería la tragedia. Le tiré de la lengua y descubrí que de algún modo se había enterado de lo de Smerdiakov, que era el criado de tu difunto padre —antes de su muerte, claro—, y le había enseñado al tontorrón un truco estúpido, es decir, un truco brutal y desagradable. Le dijo que cogiera un trozo de pan, le clavara un alfiler y se lo
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I. Kolya Krassotkin
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