mundo venidero). Entonces, ¿por qué iba a dejar que me desollaran la piel también a mí, y sin ningún provecho? Pues, aunque me hubieran arrancado media piel de la espalda, ni aun así la montaña se habría movido a mi palabra ni a mi grito.
Y en un momento así, no solo le puede asaltar a uno la duda, sino que uno podría perder la razón de miedo, hasta el punto de no ser capaz de pensar en absoluto.
Y, por lo tanto, ¿cómo voy a ser especialmente culpable si, al no ver mi ventaja ni mi recompensa allí ni aquí, al menos salvo el pellejo?
Y así, confiando plenamente en la gracia del Señor, albergaría la esperanza de que se me perdonara por completo».
VIII
Sobre el coñac
La controversia había terminado. Pero, cosa extraña, Fiódor Pávlovitch, que había estado tan