mezclado y enredado en su cabeza. El párrafo era muy típico y debió de suponer una gran conmoción para ella, pero, afortunadamente tal vez, era incapaz de mantener la mente fija en un solo tema en ese momento, por lo que podía lanzarse un minuto después a otra cosa y olvidarse por completo del periódico.
Alejo sabía muy bien que la noticia del terrible caso se había extendido por toda Rusia. ¡Y, santo cielo!, ¡qué absurdos rumores acerca de su hermano, de los Karamázov y de él mismo había leído en el transcurso de aquellos dos meses, entre otras noticias igualmente dignas de crédito! Un periódico había llegado a afirmar que se había recluido en un monasterio para hacerse monje, horrorizado por el crimen de su hermano. Otro desmentía esto y aseguraba que él y su anciano, el padre Zósima, habían forzado la caja del monasterio y «se habían largado a la francesa». El párrafo en cuestión del periódico Chismoso llevaba el título de «El caso Karamázov en Skotoprigonievsk». (Ese era, ¡ay!, el nombre de nuestra pequeña ciudad. Hasta entonces lo había mantenido en secreto). Era breve, y la señora Jojlakov no aparecía mencionada de forma directa. De hecho, no salía ningún nombre. Se limitaba a afirmar que el criminal, cuyo inminente juicio estaba causando tanta sensación —un capitán de ejército retirado, fanfarrón ocioso y matón reaccionario—, se veía continuamente envuelto en intrigas amorosas, y era especialmente popular entre ciertas damas «que languidecían en la soledad». Una de estas damas, una viuda mustia que intentaba parecer joven a pesar de tener una hija ya crecida, estaba tan encaprichada de él que, apenas dos horas antes del crimen, le había ofrecido tres mil rublos con la condición de que se