de su celda había durado unos veinticinco minutos. Pasaba de las doce y media, pero Dmitri, por cuya causa se habían reunido todos allí, seguía sin aparecer. Pero casi parecía haber sido olvidado, y cuando el anciano volvió a entrar en la celda, encontró a sus huéspedes enfrascados en una animada conversación. Iván y los dos monjes llevaban la voz cantante. Miüsov también intentaba participar, y al parecer con gran entusiasmo, en la conversación. Pero esto tampoco le dio buen resultado. Era evidente que estaba en segundo plano y sus observaciones eran tratadas con indiferencia, lo cual aumentaba su irritabilidad. Ya había tenido antes enfrentamientos intelectuales con Iván y no soportaba cierta displicencia que Iván le mostraba.
«Hasta ahora al menos he estado en las primeras filas de todo lo progresista en Europa, y aquí la nueva generación nos ignora por completo», pensó.