Pero este pequeño episodio no dejó de influir en Fiódor Pávlovich, y de un modo muy original.
De repente llevó mil rublos a nuestro monasterio para pagar misas de difuntos por el alma de su esposa; pero no por la segunda, la madre de Aliosha, la «loca», sino por la primera, Adelaída Ivánovna, que solía darle palizas.
Esa misma tarde se embriagó e insultó a los monjes delante de Aliosha. Él mismo estaba lejos de ser religioso; probablemente nunca había encendido una vela de un kopek ante la imagen de un santo.
Los impulsos extraños de sentimientos repentinos y pensamientos repentinos son comunes en tipos como ese.
Ya he mencionado que tenía aspecto abotargado. Su semblante llevaba por entonces las trazas de algo que atestiguaba inequívocamente la vida que había llevado.
Además de las largas bolsas carnosas bajo sus ojos pequeños, siempre insolentes, suspicaces e irónicos; además de la multitud de arrugas profundas en su carita grasa, la nuez le colgaba por debajo de la barbilla afilada como un gran bocio carnoso, lo cual le daba un aspecto peculiar, repulsivo y sensual; a eso hay que añadir una boca larga y rapaz de labios carnosos, entre los cuales se veían pequeños muñones de dientes negros y cariados. Babeaba cada vez que se ponía a hablar.
Le gustaba en verdad burlarse de su propia cara, aunque, a mi parecer, estaba muy satisfecho con ella. Solía señalar en particular su nariz, que no era muy grande, pero sí muy fina y marcadamente aguileña.
«Una auténtica nariz romana —solía decir—; con mi bocio tengo por completo el semblante de un antiguo patricio romano del período de decadencia».
Parecía orgulloso de ello.