y a Kostya, el niño, de siete, le encantaba que ella le leyera. Krassotkin podía, por supuesto, haberles proporcionado un entretenimiento más divertido. Podría haberlos puesto el uno al lado del otro y haber jugado a los soldados con ellos, o haberlos puesto a jugar a las escondidas por toda la casa. Ya lo había hecho más de una vez antes y no se le caían los anillos por hacerlo, a tal punto que una vez se extendió el rumor en la escuela de que Krasótkin jugaba a los caballos con los pequeños inquilinos en su casa, corcoveando con la cabeza inclinada a un lado como un caballo de tiricio. Pero Krasótkin rechazaba altaneramente este ataque, señalando que jugar a los caballos con muchachos de la propia edad, muchachos de trece años, sería ciertamente vergonzoso «a estas alturas», pero que lo hacía por el bien de «los críos» porque le agradaban, y nadie tenía derecho a pedirle cuentas por sus sentimientos. Los dos «críos» lo adoraban.
Pero en esta ocasión no estaba de humor para juegos. Tenía ante sí asuntos muy importantes propios, algo casi misterioso.
Mientras tanto el tiempo pasaba y Ágafia, con quien podría haber dejado a los niños, no regresaba del mercado. Ya había cruzado varias veces el pasillo, abierto la puerta de la habitación de los inquilinos y mirado con ansiedad a «los chicos», que estaban sentados ante el libro tal como les había mandado.
Cada vez que abría la puerta, ellos le sonreían con complicidad, esperando que entrara y hiciera algo encantador y divertido. Pero Kolya estaba preocupado y no entró.
Por fin dieron las once y tomó la firme