la fiebre, casi olvidó su existencia entre todas las tareas que tuvo la primera media hora tras su llegada. De repente, reparó en él y lo miró fijamente: él soltó una risita lastimosa y desvalida. Ella llamó a Fenya y le mandó que le diera algo de comer. Todo aquel día estuvo sentado en el mismo sitio, casi sin moverse. Cuando oscureció y cerraron las contraventanas, Fenya le preguntó a su ama:
—¿Va a pasar el caballero la noche, señora?
—Sí, háganle una cama en el sofá —contestó Grúshenka.
Interrogándole con más detalle, Grushenka se enteró por él de que literalmente no tenía a dónde ir, y de que «el señor Kalganov, mi bienhechor, me dijo sin rodeos que no me volvería a recibir y me dio cinco rublos».
—Bueno, que Dios te bendiga, será mejor que te quedes, entonces —resolvió Grúshenka en su aflicción, sonriéndole con compasión. Su sonrisa le estrujó el corazón al viejo y sus labios temblaron con lágrimas de gratitud. Y así fue como el vagabundo desamparado se había quedado con ella desde entonces. No salía de la casa ni siquiera cuando ella enfermaba. Fenya y su abuela, la cocinera, no lo echaron, sino que continuaron sirviéndole las comidas y preparándole la cama en el sofá. Grúshenka se había acostumbrado a él y, al volver de ver a Mitia (a quien había empezado a visitar en la prisión antes de estar del todo recuperada), se sentaba y se ponía a hablar con «Maximushka» de asuntos triviales, para evitar pensar en su pena. El viejo resultó ser un buen narrador en ocasiones, por lo que al fin se le hizo indispensable. Grúshenka casi no veía a nadie más aparte de Aliosha, quien no iba todos los