responder a la pregunta de «quién había fundado Troya», es decir, qué individuos, y además, por alguna razón, consideraba la pregunta ociosa y frívola. Pero los muchachos seguían convencidos de que Dardanelov no sabía quién había fundado Troya. Kolya había leído acerca de los fundadores de Troya en Smaragdov, cuya historia estaba entre los libros del estante de su padre. Al final, todos los muchachos se interesaron por la pregunta de quién había sido el que fundó Troya, pero Krasotkin no revelaba su secreto, y su reputación de sabiduría permaneció inquebrantable.
Tras el incidente en las vías férreas, se operó un cierto cambio en la actitud de Kolia hacia su madre.
Cuando Anna Fiódorovna (la señora Krasotkin) se enteró de la hazaña de su hijo, estuvo a punto de perder la cabeza del susto. Sufrió unos ataques de histeria tan terribles, que duraron varios días con intermedios, que Kolia, seriamente alarmado al fin, prometió bajo su palabra de honor que semejantes travesuras no volverían a repetirse.
Juró de rodillas ante la imagen sagrada, y juró por la memoria de su padre, a instancias de la señora Krasotkin, y el «varonil» Kolia prorrumpió en llanto como un niño de seis años. Y durante todo ese día madre e hijo no dejaban de arrojarse a los brazos del otro sollozando.
Al día siguiente, Kolia se despertó tan «insensible» como antes, pero se había vuelto más silencioso, más modesto, más severo y más pensativo.
Seis semanas después, es verdad, se metió en otro lío, que incluso llegó a oídos de nuestro juez de paz, pero era un lío de muy distinta índole, divertido, tonto, y, al fin y al