escrutinio con tus apacibles ojos? Enójate. No quiero tu amor, pues yo no te amo. ¿Y de qué me sirve ocultarte algo? ¿Acaso no sé a quién le hablo? Todo lo que pueda decir ya te es conocido. ¿Y me corresponde a mí ocultarte nuestro misterio? Tal vez sea tu voluntad oírlo de mis labios. Escucha, pues. No estamos trabajando contigo, sino con él: ese es nuestro misterio. Hace ya mucho tiempo —ocho siglos— que estamos de su lado y no del tuyo. Hace exactamente ocho siglos le quitamos aquello que Tú rechazaste con desprecio, ese último regalo que te ofreció al mostrarte todos los reinos de la tierra. Le quitamos a él Roma y la espada del César, y nos proclamamos únicos gobernantes de la tierra, aunque hasta ahora no hayamos podido concluir nuestra obra. ¿Pero de quién es la culpa? Oh, la obra apenas comienza, pero ya ha empezado. Aún falta mucho para su conclusión y la tierra tiene todavía mucho que sufrir, pero triunfaremos y seremos Césares, y entonces planearemos la felicidad universal del hombre. Pero Tú podrías haber tomado incluso entonces la espada del César. ¿Por qué rechazaste ese último regalo? Si hubieras aceptado aquel último consejo del espíritu poderoso, habrías llevado a cabo todo lo que el hombre busca en la tierra: es decir, alguien a quien adorar, alguien que guarde su conciencia, y algún medio para unirlos a todos en un hormiguero unánime y armonioso, pues el anhelo de unidad universal es la tercera y última angustia de los hombres. La humanidad como un todo siempre se ha esmerado en organizar un estado universal. Ha habido muchas grandes naciones con grandes historias, pero cuanto más desarrolladas estaban, más infelices eran, pues sentían con más agudeza que los demás el anhelo de la unión mundial. Los grandes conquistadores, Tamerlán y Gengis Kan, giraron como huracanes sobre la faz de la
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Libro V. Pro y contra
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